De Carlos Danger, el Cliente #9, al alcalde que más
manosea a mujeres (desde las que posan como Marilyn Monroe a verdaderas
almirantes), el mundo político estadunidense está, para variar, envinado por la
perversión e hipocresía sexual.
Advertencia:
esta información es sólo para adultos; se trata de comportamiento infantil de
políticos. Los reporteros, editores, fotógrafos y jefes de este periódico, que
sobre todo se destacan por el decoro y el respeto a lo decente, han intentado
evadir tocar este tema tan delicado, pero el deber de reportar la noticia es
supremo. Se trata de (disculpen ustedes) penes en la política.
De costa a
costa de Estados Unidos, figuras nacionalmente reconocidas (y no sólo por sus
caras) están enfrentando crisis causadas por sus impulsos sexuales
aparentemente imparables (perdón, otra vez).
Para
empezar, el señor Danger. Su nombre real es Anthony Weiner, primero integrante
del consejo municipal de Nueva York, después representante federal hasta 2011
cuando renunció al revelarse que había enviado imágenes vía Twitter de su
“bulto” y de su cuerpo a una mujer joven que conocía sólo por el ciberespacio.
